DIARIO: EL PAÍS Colombia.
SECCIÓN: Opinión y pizarrón
AUTOR: Victor Diusabá Rojas
¿Qué estaba dispuesto a hacer Facebook con el material de sus 150 millones de usuarios en todo el mundo? Nada bueno, dirían las abuelas. O un gran negocio, a costillas de quienes confiaron en depositar en ese portal toda su intimidad, que de hecho había dejado de serlo
Menos mal la gente se puso brava y las aguas han vuelto a su cauce, si uno se atiene a lo que dice el comunicado de sus fundadores: “Hemos recibido muchas opiniones sobre las nuevas condiciones de uso que colgamos hace dos semanas. A causa de esta reacción, hemos decidido regresar a las condiciones de uso previas, mientras resolvemos los problemas que la gente nos ha comunicado".
Sería muy bueno saber qué piensa sobre eso el profesor Mark Bauerlein, de la Universidad Emory de Atlanta, uno de los principales críticos contra la excesiva dependencia del Facebook y de todo lo que se le parezca.
Bauerlein escribió el libro ‘La generación más tonta: cómo la era digital ‘estupidiza’ a los jóvenes estadounidenses y pone en riesgo nuestro futuro. (O no confíes en nadie menor de 30)’. Sí, así de largo se llama y está lleno de razones que son susceptibles de controversia, pero que parten de una cruda realidad: investigaciones serias demuestran que mientras en 1966 a seis de cada diez jóvenes que entraban a la universidad les importaba el quehacer político en la primera Nación del planeta, hoy ese interés se reduce a menos de cuatro.
¿Y los otros seis? Es probable que formen parte de ese universo que dedica cinco horas a Facebook, videojuegos y televisión, frente a apenas una hora destinada a hacer tareas. "Estamos a punto de entregar nuestro país a una generación que no lee gran cosa y que tampoco piensa demasiado", dijo Bauerlein, en defensa de su teoría. Y bastaría mirar lo que afirma otro estudio: el segmento de la población de EE.UU. menos informado está entre los 18 y los 29 años.
Es probable que a ellos les pase lo que a nosotros: que confundan Australia con Austria, Teodoro Rooselvet con Franklin Delano Roosevelt, Gabriel Turbay con Julio César Turbay Ayala o con David Turbay Turbay.
Dirán algunos que las generaciones de jóvenes siempre han dedicado el tiempo libre a sus amigos, la televisión y el teléfono. La diferencia está en que los muchachos de hoy no se desconectan jamás, menos aún cuando se meten en lo que los expertos llaman ‘centro de comando’, esa alcoba inexpugnable en que se atrincheran, armados de sus ciberherramientas de última generación.
La dependencia del Facebook puede llegar a ser tan aguda como la del computador. Vean este caso: un amigo que se puso al frente de una compañía pidió a los ejecutivos que le facilitaran algunos datos básicos sobre las cifras de la empresa. Los cuatro o cinco convocados abrieron a prisa sus flamantes portátiles y, tras la sinfonía de pitos y alarmas que confirmaba el ingreso a los programas respectivos, debió esperar casi media hora a que esa solicitud elemental fuera satisfecha. Al final, buena parte de las cifras requeridas fueron aportadas por un funcionario de menor rango, que los trajo impresos en un papel.
Pero bueno, así es el desarrollo. Igual le pasó a Federico Nietzsche, según el columnista Nicolás Carr, quien afirma que el filósofo compró una máquina de escribir en 1882 y pronto admitió que su prosa se había hecho más escueta. Aunque mucho va de un escueto Nietzsche a los monosilábicos de hoy.
SECCIÓN: Opinión y pizarrón
AUTOR: Victor Diusabá Rojas
¿Qué estaba dispuesto a hacer Facebook con el material de sus 150 millones de usuarios en todo el mundo? Nada bueno, dirían las abuelas. O un gran negocio, a costillas de quienes confiaron en depositar en ese portal toda su intimidad, que de hecho había dejado de serlo
Menos mal la gente se puso brava y las aguas han vuelto a su cauce, si uno se atiene a lo que dice el comunicado de sus fundadores: “Hemos recibido muchas opiniones sobre las nuevas condiciones de uso que colgamos hace dos semanas. A causa de esta reacción, hemos decidido regresar a las condiciones de uso previas, mientras resolvemos los problemas que la gente nos ha comunicado".
Sería muy bueno saber qué piensa sobre eso el profesor Mark Bauerlein, de la Universidad Emory de Atlanta, uno de los principales críticos contra la excesiva dependencia del Facebook y de todo lo que se le parezca.
Bauerlein escribió el libro ‘La generación más tonta: cómo la era digital ‘estupidiza’ a los jóvenes estadounidenses y pone en riesgo nuestro futuro. (O no confíes en nadie menor de 30)’. Sí, así de largo se llama y está lleno de razones que son susceptibles de controversia, pero que parten de una cruda realidad: investigaciones serias demuestran que mientras en 1966 a seis de cada diez jóvenes que entraban a la universidad les importaba el quehacer político en la primera Nación del planeta, hoy ese interés se reduce a menos de cuatro.
¿Y los otros seis? Es probable que formen parte de ese universo que dedica cinco horas a Facebook, videojuegos y televisión, frente a apenas una hora destinada a hacer tareas. "Estamos a punto de entregar nuestro país a una generación que no lee gran cosa y que tampoco piensa demasiado", dijo Bauerlein, en defensa de su teoría. Y bastaría mirar lo que afirma otro estudio: el segmento de la población de EE.UU. menos informado está entre los 18 y los 29 años.
Es probable que a ellos les pase lo que a nosotros: que confundan Australia con Austria, Teodoro Rooselvet con Franklin Delano Roosevelt, Gabriel Turbay con Julio César Turbay Ayala o con David Turbay Turbay.
Dirán algunos que las generaciones de jóvenes siempre han dedicado el tiempo libre a sus amigos, la televisión y el teléfono. La diferencia está en que los muchachos de hoy no se desconectan jamás, menos aún cuando se meten en lo que los expertos llaman ‘centro de comando’, esa alcoba inexpugnable en que se atrincheran, armados de sus ciberherramientas de última generación.
La dependencia del Facebook puede llegar a ser tan aguda como la del computador. Vean este caso: un amigo que se puso al frente de una compañía pidió a los ejecutivos que le facilitaran algunos datos básicos sobre las cifras de la empresa. Los cuatro o cinco convocados abrieron a prisa sus flamantes portátiles y, tras la sinfonía de pitos y alarmas que confirmaba el ingreso a los programas respectivos, debió esperar casi media hora a que esa solicitud elemental fuera satisfecha. Al final, buena parte de las cifras requeridas fueron aportadas por un funcionario de menor rango, que los trajo impresos en un papel.
Pero bueno, así es el desarrollo. Igual le pasó a Federico Nietzsche, según el columnista Nicolás Carr, quien afirma que el filósofo compró una máquina de escribir en 1882 y pronto admitió que su prosa se había hecho más escueta. Aunque mucho va de un escueto Nietzsche a los monosilábicos de hoy.
FUENTE: http://www.elpais.com.co/historico/feb232009/OPN/diusa.html

Genial, es totalmente cierto, siempre en mi tiempo libre me enfrento con una disyuntiva, portátil ó lectura, portátil ó tv, es adictiva la preferencia por la tecnología!
ReplyDeleteUna de las cosas que más genera en las generaciones modernas la dependencia no sólo a facebook sino a cualquier red social o sala de chat, es la abreviatura innecesaria de palabras a tal punto que no sea entendible siquiera por ellos mismos. La pérdida de la expresión escrita de todo adolescente moderno es preocupante. Lo digo como adolescente, tengo catorce años y soy la única persona que conozco de mi edad que es capaz de expresarse debidamente "sin importar lo que piensen". Esta creo yo que es la causa de que escriban así.
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